Dan Barker Publicado: 22/04/2003
Actualizado: 22/04/2003
PERDÍ MI FE EN LA FE

de Dan Barker

Éste fue mi primer artículo para Freethought Today. Corría el mes de Junio de 1984.

La religión es una cosa poderosa. Pocos pueden resistir sus encantos y pocos pueden romper verdaderamente sus ataduras. Es la sirena que seduce al extraviado viajero con cantos de amor y deseo, y la que, una vez que ha conseguido atraparlo, transforma su mente en una roca. Es la trampa de moscas de Venus. Su atracción es como la de las drogas para el adicto, el cual, queriendo ser libre y feliz, termina atrapado y miserable.

Pero la parte más triste de esta dependencia es que la mayoría de los participantes son víctimas voluntarias. Creen que son felices. Creen que la religión ha cumplido sus promesas, y no tienen el menor deseo de buscar en otra parte. Aman profundamente su fe y quedan cegados por ese amor--hasta el punto del sacrificio resuelto y sin vacilaciones.

Sé que esto es verdad porque fui uno de los discípulos de Cristo por más de diecinueve años, y mi separación ulterior fue/es traumática y muy dolorosa.

Mi padre fue un músico profesional durante los años 40. En alguno de sus conciertos conoció a una vocalista, y, como suele pasar, se fueron juntos (suerte para mí). Se casaron, y siendo yo un niño, ambos encontraron la religión verdadera. Papá se deshizo de su colección de grabaciones originales de Glenn Miller (¡ay!), dio la espalda a su anterior vida "pecaminosa", e ingresó a un seminario para hacerse ministro. No pudo terminar debido a las grandes exigencias de tres pequeños en crecimiento. Pero vivió su fe a través de su familia y a través de su ministerio laico en las iglesias locales.

La espiritualidad de mi familia era tan fuerte que a menudo era muy difícil encontrar una iglesia que satisfaciera nuestras necesidades. Saltamos de iglesia en iglesia por muchos años. No puedo recordarlas todas, pero fuimos bautistas, metodistas, nazarenos, asambleístas de Dios, pentecostales, fundamentalistas, evangélicos, "devotos de la Biblia" y carismáticos.

Por algunos años formamos un grupo musical familiar, y ministramos en muchas iglesias del sur de California. Nada fantástico, papá tocaba el trombón y predicaba, mamá era solista, yo tocaba el piano, mis hermanos varios instrumentos, y cantábamos juntos aquellas famosas armonías del Evangelio. Era una bonita experiencia para nosotros, los niños. Mi niñez estuvo llena de amor, diversión y sentido. Me sentía sinceramente afortunado por haber nacido dentro de "la verdad", y a la edad de quince elegí y me comprometí a ser un ministro cristiano para toda mi vida.

Mi compromiso duró diecinueve años. Eso dio a mi vida una sensación de sentido, propósito y realización. Pasé años viajando a través de México en trabajo misionero--pequeños pueblos, selvas, desiertos, grandes foros, radio, televisión, parques, prisiones y reuniones en la calle. Pasé más años viajando por los Estados Unidos, predicando y cantando en iglesias, en las esquinas, casa por casa, en campus universitarios y dondequiera que pudiera encontrar audiencia.

Fui un "hacedor de la palabra y no sólo un oyente". Asistí a una universidad cristiana, para especializarme en Religión y Filosofía; fui ordenado y serví como pastor en tres iglesias de California. Enseñé a muchas personas el camino hacia Jesucristo, y animé a muchos jóvenes a considerar la posibilidad del servicio cristiano de tiempo completo.

Serví por un tiempo como bibliotecario en el coro de Los ángeles de Kathryn Kuhlman, y pude observar los "milagros" de primera mano. Incluso fui instrumento en algunas sanaciones.

Por unos años dirigí el "King's Children" ("los Hijos del Rey"), un grupo musical cristiano que actuaba frecuentemente, incluyendo una corta temporada como anfitrión en un show de la televisión cristiana local.

Durante quince años trabajé con Manuel Bonilla, el líder de la grabación de música cristiana en el mundo de habla hispana. Yo era su principal productor y arreglista, y trabajar con él me permitió aprender las habilidades para producir muchos más álbumes cristianos, incluyendo algunos de los míos propios.

He escrito más de cien cantos cristianos que han sido publicados o grabados por varios artistas, y dos de las obras musicales de mis hijos continúan entre las mejor vendidas en el mundo. ("Mary Had A Little Lamb" [producido en español por Manuel Bonilla: "María y su Corderito"], un musical navideño, y "His Fleece Was White as Snow", un musical para la Pascua, ambos publicados y distribuidos por Manna Music. Puede verse el simbolismo religioso: Cristo, el inmaculado cordero de Dios, sacrificado para lavar los pecados.)

Podría seguir enumerando mis logros como cristiano, pero creo que ya es evidente que mi fe era algo muy serio, y que soy totalmente capaz de analizar la religión desde su interior.

El pasado viernes por la tarde dirigí un estudio bíblico en mi propia casa. Fue algo abierto para todo mundo, y anuncié que daría la bienvenida a todos los puntos de vista que tuvieran el propósito de examinar los documentos con escepticismo más bien que con la fe. Las ocho personas que llegaron (para mi asombro) eran cristianos que conocían mi actual posición atea y sentían curiosidad sobre mis intenciones. Mi aliado más cercano era mi hermano, un teísta agnóstico [Darrell es ahora es un activista del librepensamiento]. Un compañero, teólogo, me comunicó que su propósito al venir a mi casa era convertirme de nuevo a la fe. (Fracasó).

Fue una tarde divertida, animada, e intercambiamos mucha información, pero noté algo interesante. Se habló más de mí y de mi ateísmo que acerca de la Biblia. La discusión giró en torno a un análisis sobre mi abandono de la fe.

Les intrigaba el que alguien con una religiosidad tan fuerte pudiera "descarriarse" tan radicalmente y no sentir vergüenza. Buscaban alguna causa psicológica profunda, alguna decepción oculta, alguna secreta amargura, tentación u orgullo. Actuaban como médicos espirituales intentando extirpar un tumor o una catarata obnubilante.

Alguno insinuó que yo estaba siendo cegado por Satán--el Diablo, intimidado por mi enérgico testimonio cristiano, necesitaba neutralizar al enemigo, sacarme de mi compromiso. Eso era muy halagador, pero evadía el punto principal.

El punto era que los méritos de un argumento no dependen del carácter del hablante. Todo argumento debe valorarse por sí mismo, por sus propias evidencias y su consistencia lógica.

Antes de que el estudio bíblico comenzara, un compañero me había pedido: "Dan, dinos qué te hizo perder la fe". De modo que se los dije:

No perdí mi fe; la abandoné adrede. Lo que me condujo al ministerio es lo mismo que ahora me aleja de él. Siempre he querido saber. Ya desde niño buscaba fervientemente la verdad. Pocas veces aceptaba las cosas sin examen, y mis exámenes eran intensos. Era un buscador sediento, un buen estudiante, y buen ministro debido a ese impulso.

Puesto que me enseñaron, y yo lo creía, que el cristianismo era la respuesta, la única esperanza para "el hombre", traté de entenderlo todo tanto como podía. Devoré cada libro, cada sermón, y la Biblia entera. Oré, ayuné y obedecí las enseñanzas bíblicas. Decidí que me apoyaría enteramente sobre la verdad de la Escritura. Esta actitud, estoy seguro, dio la impresión de que yo era una lumbrera, que era confiable como autoridad y líder cristiano. Los cristianos, ávidos de justificación, alegremente me dejaron asumir mi posición de líder, y yo consideré eso como la confirmación de mi vocación sagrada.

Pero mi mente nunca dormía. En mi sed de saber, no me limitaba a los autores cristianos, sino que sentía curiosidad por entender los razonamientos que había detrás del pensamiento no cristiano. Pensé que la única manera de comprender verdaderamente una materia era mirándola desde todos sus ángulos. Si me hubiera limitado a los libros cristianos probablemente seguiría siendo un cristiano hoy. Leí filosofía, teología, ciencia y psicología. Estudié la evolución y la historia natural. Leí a Bertrand Russell, Thomas Paine, Ayn Rand, John Dewey y otros. Al principio me reía de esos pensadores mundanos, pero eventualmente comencé a descubrir algunos hechos perturbadores--hechos que desacreditaban al cristianismo. Intenté ignorar esos hechos porque no eran consistentes con mi visión religiosa del mundo.

Por años viví con un fuerte conflicto interno. Por un lado estaba contento con el rumbo y el sentido de mi vida cristiana; por otro lado tenía dudas intelectuales. Empezó, dentro de mí, una guerra entre la fe y la razón. Y una guerra cada vez más intensa. Gritaba a Dios en busca de respuestas, pero ninguna respuesta llegó. Como la esposa golpeada que se aferra a la esperanza, seguí confiando en que Dios vendría algún día. Pero él nunca vino.

La única respuesta era la fe, y gradualmente comencé a sentir aversión por el tufo de esa palabra. Finalmente comprendí que la fe es rendición, una derrota--un reconocimiento de que las verdades de la religión son incognoscibles a través de la evidencia y la razón. Son las aseveraciones indemostrables las que requieren la suspensión de la razón, y son las ideas débiles las que requieren de la fe. Acabo de perder la fe en la fe. Las contradicciones bíblicas empezaron a ser más y más discrepantes, los argumentos apologéticos más y más absurdos, y, cuando finalmente deseché la fe, las cosas vinieron a ser más y más claras.

Pero no se imagine que fue un proceso fácil. Fue como arrancar en pedazos toda mi visión del mundo, fue como hacer trizas la fábrica de significado y esperanza, fue como traicionar los valores de la existencia. Dolió. Y dolió mucho. Era como escupir a mi madre, o como tirar por la ventana a uno de mis hijos. Era sacrilegio. Todos los fundamentos de mi pensamiento y mis valores tenían que ser reestructurados. Añádase a ese conflicto interno el conflicto externo de la reputación, y el resultado será una guerra desestabilizadora. ¿Es que de veras quería desechar el respeto de tanta gente importante que yo me había ganado durante tantos años?

Puedo entender porqué la gente se aferra a la fe. La fe reconforta. Proporciona muchas "respuestas" a los enigmas de la vida. Mi vida cristiana era absolutamente positiva, y de verdad no veo ninguna razón externa o cultural por la cual debería rechazarla. Sigo compartiendo muchos de los valores cristianos que me enseñaron (aunque ya no los llamaría "cristianos"--ahora son, simplemente, mis valores); y muchos de mis amigos cercanos son cristianos decentes a los que amo y respeto.

Los cristianos sienten profundamente que su modo de vida es el mejor posible. Sienten que su actitud hacia el resto del mundo es de amor. Es así como yo sentía. No podía entender porqué algunos criticaban al cristianismo, a no ser que interiormente estuviesen motivados por influencias satánicas, "mundanas". Yo pretendía amar a todas las personas a la vez que odiaba el "pecado" que había en ellos, tal como supuestamente lo hizo Cristo. (Se nos enseñaba que Cristo era el máximo ejemplo de amor).

Para mí era un misterio cómo alguien podía estar ciego ante las verdades del Evangelio. Después de todo, ¿no queremos todos amor, paz, felicidad, esperanza y una vida con sentido? Cristo era la única respuesta, así lo creía, y me figuraba que todos los no cristianos debían de estar motivados por otras cosas, tales como avaricia, lujuria, orgullo malo, odio y celos. Tomaba las caricaturas de los medios de comunicación sobre la situación del mundo como si fueran evidencias de ese hecho. Para mí convertirme en una de esas creaturas sin dios era casi imposible, y me resistía a ello. (Ahora he descubierto que la ética nada tiene que ver con la religión, por lo menos no en una correlación positiva).

No hubo un momento crucial en mi conversión. Sencillamente, un día me di cuenta de que ya no era cristiano, y pocos meses después reuní el valor para anunciarlo. Eso fue el pasado mes de Enero [de 1984], hace seis meses. Desde entonces me han llamado muchas veces mis preocupados amigos y parientes. Aprecio su interés, y sinceramente deseo mantener el diálogo abierto.

Como ejemplo, mientras mecanografiaba este artículo, recibí una llamada de larga distancia de una antigua amiga cristiana que había escuchado acerca de mi "defección". Es difícil lidiar con llamadas como ésa. Ella estaba aturdida, y estoy seguro de que en este mismo momento está orando por mí, o llamando a otros para orar juntos. Yo quiero a esta persona, la respeto, y no deseo causarle ningún daño indebido. Ella me dijo que había leído un artículo que escribí para el periódico local. (Cómo llegó a su pueblo, es un misterio). Entiendo su preocupación, y simpatizo con ella, puesto que sé exactamente lo que está pensando.

Fui predicador por muchos años, e imagino que eso no se me ha quitado del todo. Me gustaría influir sobre otros que pudieran estar luchando, como yo lo hice--influir sobre ellos para animarlos a pensar. A pensar deliberadamente y con claridad. A no tomar ningún hecho sin examen crítico, y a permanecer abiertos ante la investigación honesta, dondequiera que ésta los lleve.

  • La publicación fue autorizada por el autor del ensayo original.
  • El ensayo base original está disponible en http://www.ffrf.org/articles/perdife.html
  • Traducido por: William Gilmore
  • Sugerencias para correcciones en la traducción y en la gramática del texto son bienvenidas.