Atheos Publicado: 17/04/2003
Actualizado: 17/04/2003
EL FACTOR DIOS

de José Saramago

Algún lugar en la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía un oficial británico levanta la espada y da orden de fuego. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá "ver" cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. Algún lugar en Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que tal vez no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separarle la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya fue cortada, está espetada en un palo, y los soldados ríen. El negro era un guerrillero. Algún lugar en Israel. Mientras algunos soldados israelitas inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo proceso un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de los States. Los muertos, enterrados en los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de la India, de Angola y de Israel nos arrojan el horror a la cara, las víctimas nos son mostradas en el propio instante de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte ignóbil. En Nueva York todo pareció irreal al principio, episodio repetido y sin novedad como una catástrofe cinematográfica, realmente fantástica por el grado de ilusión conseguido por el ingeniero de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, agachado como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez "aquí estoy" cuando aquellas personas saltaron para el vacío como si hubiesen acabado de escoger una muerte que fuese suya. Ahora el horror aparecerá en cada instante al removerse una piedra, un pedazo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax abierto como la palma de una mano. Pero incluso esto es repetitivo y monótono, de cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y golpizas, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos debajo de toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazistas vomitando cenizas, de aquellos camiones escupiendo cadáveres como si de basura se tratase. De algo siempre habremos de morir, mas ya se perdió la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que seres humanos fueron capaces de inventar. Una de ellas, la más criminosa, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, ha mandado a matar en nombre de Dios. Ya fue dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca sirvieron para aproximar y congraciar a los hombres, que, por el contrario, fueron y continúan siendo causa de sufrimientos inenarrables, de mortandades, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respecto a la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo finge ignorarlo, sino que se levantan iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a obstaculizarnos el paso para una humanización real. En cambio nos prometieron paraísos y nos amenazaron con infiernos, tan falsos unos como otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos dieron crear. Dijo Nietzsche que todo sería permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente el más horrendo y cruel. Durante siglos la Inquisición fue, ella también, como hoy los talibanes, una organización terrorista que se dedicó a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quienes en ellos decían creer, un monstruoso connubio pactado entre la religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que esto solamente la palabra herejía significa.

Y, sin embargo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no existió ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego venir a justificarse diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, éstos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los otros que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, cubrieron y se empeñan en cubrir de terror y sangre las páginas de la historia. Los dioses, creo yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o decaen dentro del mismo universo que los inventó, mas el "factor Dios", ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese el dueño y señor de ella. No es un dios, sino el "factor Dios" lo que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de los Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue el "factor Dios", en que el dios islámico se transformó, que abalanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de indignación contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se diría que un dios anduvo sembrando vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, es cierto. Pero no fueron ellos, pobres dioses sin culpa, fue el "factor Dios", ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual fuere la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en que manda a creer, ese que después de presumir haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que estas palabras probablemente le inspiraron, no le pido que se pase al ateismo de quien las escribió. Simplemente le ruego que comprenda, por el sentimiento si no puede ser por la razón, que, si hay Dios, hay sólo un Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le enseñaron a darle. Y que desconfíe del "factor Dios". No le faltan al espíritu humano enemigos, y este es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como quedó demostrado y desgraciadamente continuará demostrándose.

  • El ensayo base original está disponible en http://www.midiaindependente.org/front.php3?article_id=7316&group=webcast
  • Traducido por: Cecilia Hurtado
  • Sugerencias para correcciones en la traducción y en la gramática del texto son bienvenidas.